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Los dos mejores del mundo están fuera de la Olimpiada: ¿qué significa para el ajedrez?

Samarcanda, Uzbekistán - septiembre de 2026


Hay ausencias que se notan en una alineación. Y hay ausencias que modifican la conversación alrededor de un torneo.

Los dos mejores del mundo están fuera de la Olimpiada: ¿qué significa para el ajedrez?

La 46.ª Olimpiada de Ajedrez comenzó en Samarcanda con una particularidad difícil de ignorar: los dos primeros jugadores del ranking mundial, Magnus Carlsen y Hikaru Nakamura, no forman parte de sus respectivas selecciones.

Carlsen no está con Noruega. Nakamura no está con Estados Unidos.

No se trata de dos jugadores importantes que simplemente decidieron descansar. Son dos de los nombres que durante más de una década han definido buena parte de la conversación internacional alrededor del ajedrez. Su ausencia abre una pregunta que va mucho más allá de esta edición de la Olimpiada:

¿Qué lugar ocupa hoy una competición por equipos dentro de la carrera de un jugador de élite?

La respuesta no es sencilla.

Una Olimpiada sin sus dos primeros del mundo

La ausencia de Carlsen es especialmente visible en Noruega. El cinco veces campeón mundial ha representado a su país en numerosas Olimpiadas y disputó la edición de Budapest 2024, donde consiguió 6 puntos en 8 partidas. En Samarcanda, sin embargo, Noruega compite sin él y también sin Aryan Tari y Jon Ludvig Hammer.

Estados Unidos tampoco cuenta con Nakamura. El gran maestro estadounidense ya había faltado a la Olimpiada de 2024 y volvió a quedar fuera de la convocatoria para Samarcanda. Su lugar en el equipo estadounidense fue ocupado, junto con el de Leinier Domínguez, por los jóvenes grandes maestros Hans Niemann y Awonder Liang.

El contraste resulta especialmente llamativo porque Estados Unidos llegó a Samarcanda como primer cabeza de serie por rating. India, Uzbekistán y China aparecen inmediatamente detrás en la lista inicial. Es decir: incluso sin Nakamura, Estados Unidos sigue formando una selección de primer nivel.

Pero precisamente ahí aparece el primer punto importante.

Una selección puede seguir siendo competitiva sin su máxima estrella. La pregunta es qué pierde el evento cuando esa estrella no está.

La Olimpiada no es simplemente otro torneo

Para entender el debate hay que recordar qué hace diferente a una Olimpiada.

En un torneo individual, el jugador compite esencialmente por sí mismo. Su preparación, sus resultados, sus contratos, sus premios y su calendario forman parte de una carrera profesional individual.

En la Olimpiada ocurre algo distinto.

Un jugador comparte equipo con otros cuatro competidores, tiene un capitán, representa a una federación y acumula puntos que afectan al resultado colectivo. Una victoria individual puede ser decisiva para una selección; un empate o una derrota también puede cambiar completamente la clasificación.

El jugador deja de competir únicamente por su propio resultado.

Compite dentro de una estructura.

Y esa diferencia explica por qué la ausencia de las grandes estrellas genera un debate que no aparece con la misma intensidad cuando un jugador decide no disputar, por ejemplo, un torneo abierto del circuito profesional.

La pregunta no es solamente si Carlsen o Nakamura quieren jugar.

También es qué significa, para un profesional de su nivel, representar a su país.

Para un jugador de élite, el calendario ya no es infinito

El ajedrez moderno ha cambiado radicalmente.

Los mejores jugadores ya no tienen que esperar a que aparezca un torneo importante para competir. Existe un calendario internacional prácticamente permanente: torneos clásicos, rápidas, blitz, circuitos, eventos por equipos, exhibiciones, ligas nacionales y competiciones online.

Para una superestrella, cada participación tiene un coste.

Preparación.

Viajes.

Horas de estudio.

Recuperación.

Compromisos comerciales.

Y, sobre todo, la necesidad de administrar una carrera que puede durar décadas.

En ese contexto, decidir qué torneos jugar también se convierte en parte del trabajo profesional.

La cuestión se vuelve especialmente interesante cuando un evento prestigioso como la Olimpiada compite por espacio con otras obligaciones del calendario.

No necesariamente porque el jugador considere que la Olimpiada carece de importancia.

Puede tratarse simplemente de una decisión sobre prioridades.

El caso Nakamura añade otra dimensión: el dinero

En el caso de Nakamura existe además un elemento económico explícito.

Al explicar su ausencia en una transmisión, el estadounidense dijo que no estaba satisfecho con las condiciones económicas ofrecidas para participar. Según la cobertura de Chess.com, Nakamura habló de una oferta de aproximadamente 10.500 dólares y señaló que, una década después, la cantidad era prácticamente la misma.

Pero su explicación no terminó ahí.

Nakamura también señaló que quería que jugadores más jóvenes tuvieran la oportunidad de representar a Estados Unidos.

Eso hace que reducir su decisión exclusivamente a una cuestión de dinero resulte incompleto.

Hay, al menos, dos elementos que el propio jugador puso sobre la mesa: las condiciones económicas y la renovación del equipo.

Y esa combinación plantea una discusión interesante para el ajedrez profesional.

Si un jugador de élite genera una enorme cantidad de atención, audiencia y valor comercial alrededor de un evento, ¿deberían las federaciones revisar la forma en que compensan su participación?

Por otro lado, una selección nacional no funciona exactamente como un torneo profesional privado.

La federación tiene responsabilidades con toda una generación de jugadores, no únicamente con su número uno.

Ambas realidades pueden coexistir.

¿Qué ocurre cuando las estrellas dejan espacio a la siguiente generación?

La ausencia de Nakamura también produjo un efecto inmediato: Hans Niemann y Awonder Liang debutan en una Olimpiada con Estados Unidos.

Ese detalle cambia la lectura.

Una plaza que podría haber ocupado una de las figuras más reconocibles del ajedrez mundial ahora pertenece a jugadores de una generación diferente.

Desde una perspectiva deportiva, eso permite que nuevos integrantes acumulen experiencia en el escenario por equipos más importante del calendario.

Y el fenómeno no se limita a Estados Unidos.

Una de las características de esta Olimpiada es precisamente el relevo generacional. El torneo reúne a una mezcla de campeones consolidados, jóvenes talentos y jugadores que buscan establecerse en la élite. Chess.com señaló que, pese a las ausencias de Carlsen y Nakamura, 21 de los 32 jugadores con rating superior a 2700 sí están compitiendo en Samarcanda.

Por tanto, la ausencia de dos superestrellas no significa que la Olimpiada haya perdido su nivel.

Significa que el foco se desplaza.

El problema de la identidad

Hay, sin embargo, una cuestión más difícil de responder.

Cuando un jugador representa a su país, ¿está cumpliendo una obligación diferente a la de cualquier otro torneo?

Para algunos aficionados, la respuesta puede parecer evidente: una Olimpiada ocurre cada dos años, reúne a selecciones de prácticamente todo el mundo y posee una historia propia dentro del deporte.

Pero para un profesional, la relación puede ser más compleja.

El jugador no deja de ser un profesional por vestir los colores de su federación. Tiene contratos, patrocinadores, objetivos deportivos y un calendario que administrar.

Y la propia estructura de la Olimpiada refleja esa tensión.

La competición depende de las federaciones nacionales, pero los protagonistas son jugadores profesionales con carreras individuales.

Es una especie de punto de encuentro entre deporte individual y deporte colectivo.

El ajedrez siempre ha tenido esa dualidad.

La ausencia también puede cambiar quién escribe la siguiente historia

Existe otra manera de mirar lo ocurrido.

Las grandes figuras no solamente construyen la historia de una competición cuando participan. Su ausencia también puede abrir espacio para que aparezcan nuevos protagonistas.

Si Niemann tiene una actuación destacada con Estados Unidos, si otro jugador noruego se convierte en la figura de su selección o si una generación más joven aprovecha la oportunidad para establecerse internacionalmente, la ausencia de Carlsen y Nakamura habrá tenido una consecuencia inesperada:

habrá permitido que otros jugadores ocupen un escenario que normalmente les pertenece a ellos.

Eso no sustituye el impacto de una superestrella.

Pero sí puede modificar el futuro.

Una Olimpiada es, después de todo, una competición de equipos. Y los equipos necesitan continuidad más allá de una sola generación.

¿Pierde atractivo la Olimpiada sin Carlsen y Nakamura?

En términos de reconocimiento mediático, su ausencia es evidente.

Carlsen es el jugador que ha ocupado el número uno mundial durante gran parte de los últimos quince años y sigue siendo una de las figuras centrales del ajedrez internacional. Nakamura, por su parte, ha construido una posición singular entre el ajedrez competitivo y el ecosistema digital, convirtiéndose en uno de los jugadores con mayor alcance entre las nuevas audiencias.

Es razonable pensar que su presencia habría añadido interés al torneo.

Pero interés no es lo mismo que calidad deportiva.

La Olimpiada de Samarcanda cuenta con 208 equipos en la sección abierta y cerca de 2.000 jugadores entre las dos competiciones. Además, 21 de los 32 jugadores que superan los 2700 puntos de rating están participando.

El torneo, por tanto, conserva una enorme concentración de talento.

Lo que cambia es la narrativa.

En lugar de preguntarnos qué hará Carlsen en el primer tablero de Noruega o qué aportará Nakamura a Estados Unidos, ahora observamos quién asumirá esas responsabilidades y qué jugadores aprovecharán la oportunidad.

Quizá el verdadero debate sea otro

La discusión alrededor de Carlsen y Nakamura puede terminar reducida a una pregunta sencilla:

“¿Deberían haber jugado?”

Pero quizá esa no sea la pregunta más interesante.

La cuestión de fondo es cómo debe funcionar el ajedrez de élite en una época en la que sus mejores jugadores tienen más oportunidades, más responsabilidades y más control sobre sus propios calendarios que nunca.

¿Debe una Olimpiada tener un valor especial por encima de otros torneos?

¿Hasta qué punto una federación debe compensar económicamente a sus principales jugadores?

¿Puede una selección nacional exigir la presencia de sus mejores figuras?

¿O debería entenderse que representar a un país es una decisión profesional y personal del jugador?

No existe una respuesta deportiva universal a esas preguntas.

Lo que sí parece evidente es que el ajedrez está entrando en una etapa en la que la presencia de sus grandes estrellas ya no puede darse por sentada.

Carlsen y Nakamura no están en Samarcanda.

Y, paradójicamente, su ausencia ha conseguido que una de las primeras grandes historias de esta Olimpiada no sea una partida, una combinación o una medalla.

Sea precisamente una pregunta sobre qué significa pertenecer a un equipo cuando el jugador ya se ha convertido en una marca global por sí mismo.




Fuentes: Chess.com, FIDE/World Chess y cobertura de la 46.ª Olimpiada de Ajedrez. Fotografía: FIDE / archivo.